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Breve ensayo sobre la ceguera en Brasil

A medida que la huelga de los camioneros se agravó lo que no iba bien en el país, la ética – y salió de la novela distópica seguimiento del Nobel portugués José Saramago.

Lo que ya no iba bien se deterioró de manera significativa en los últimos días, en que supermercados, gasolineras y, evidentemente, redes sociales registraron episodios lamentables no sólo de los ya acostumbrados improperios arrojados de uno a otro lado de un país dividido, las personas que se pegaron fila sin prioridad o justificación, recogieron en las góndolas de supermercado las últimas bandejas que quedaban de un mismo producto y, incluso después de haber sus reivindicaciones alcanzadas y de haber disparado el caos en las grandes ciudades, levantaron placas por intervención militar. Como, además de antidemocrático por definición, no es hasta que el general Hamilton Mourão tenido que recordar en una entrevista exclusiva a Veja , una característica que se puede llamar “varita mágica”, los que lo hacen “Bling, Bling” – como en el universo mágico (e infantil) de un cuento de hadas – y “está todo resuelto”.

Se puede argumentar que el comportamiento de animal nacional, como en el caso de los cerdos y pollos , una especie de mecanismo de supervivencia fisiológica. “El canibalismo es un comportamiento nato que surge, normalmente, en momentos de estrés”, dijo VEJA Osmar Dalla Costa, especialista en bienestar de cerdos de Embrapa (Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria).Según Dalla Costa, la sangre tiene un “sabor agradable” al paladar de los bichos.“Por eso, cuando un animal avanza en otro que está debilitado y prueba de aquella sangre, los demás lo observan y lo siguen. Finalmente, terminan matando lo más débil.

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La desesperación por la supervivencia que se vio en el país, entre los animales de estrato superior, fue detonada por el temor de la escasez de comida (que no llegó a ocurrir), de quedarse sin coche (créanlo: hay quien se apafe con eso) y de perder status social (aquella etiqueta invisible que dice a qué clase o categoría pertenece). El status social, así interpretó Geertz, estaba proyectado en cada gallo de las rinas a las que asistió en Bali. Había mucho más en juego, allí, que esporas, boquillas y plumas. El que pertenece a una capa social elevada, por ejemplo, hace apuestas mayores y amule, en caso de victoria, el mejor premio, una forma de reafirmación de status.

Más que eso, la lucha entre aves funciona como una dramatización, en un ring hecho escenario, de las jerarquías sociales vigentes en Bali. A la vez, simboliza fuerza, virilidad, violencia, muerte y, naturalmente, animalidad. La rana de gallos de Bali, dice el antropólogo californiano, es “una lectura balinesa de la experiencia balinesa, una historia sobre ellos que ellos se cuentan a sí mismos”.Para Geertz, “la cultura humana es un conjunto de textos”.

Por cultura, se puede decir también, recortadas las aristas entre sinónimos no perfectos, experiencia humana. Y, por experiencia, experimento. El término es el más apropiado para explicar otra palabra: ¿qué hizo el portugués José Saramago en la Ceguera (Compañía de las Letras, 1995), novela en la que imagina una ciudad acosada por una epidemia de ceguera blanca que, a medida que avanza , derriba los patrones de civilidad no sólo entre los ciegos, víctimas de la enfermedad nueva y aún desconocida, pero también -y quizá principalmente- entre los que ven.

Miedo, a veces con ironía, es una palabra muy usada aquí, empleada para justificar, aunque no pueda, los actos inhumanos de los que, ante la posibilidad de perder para siempre la visión, se desvían por un flagrante declive ético y moral. El libro ya comienza con un robo: el primer hombre a ciegar, acometido por la llamada tiniebla blanca mientras espera el semáforo abrir dentro del coche, es llevado a casa por un voluntario que pasaba cerca y que, al dejarlo en su edificio , da en el pie con el automóvil.

El robo, que se repite en la división de la comida enviada por el gobierno a los ciegos y sospechosos de ceguera aislados del resto de la sociedad en un manicomio desactivado, es de los crímenes más leves en una novela construida en un crescendo de violencia, muerte y, naturalmente, animalidad, los mismos elementos que Geertz se relaciona con las riñas de gallo. Sin ninguna ayuda de los que todavía ven, aterrorizados con la propagación de la ceguera luminosa, los ciegos piden para adaptarse a una nueva vida, no se bañan, no hacen la barba, apenas golpean las letrinas a la hora de evacuar. El diálogo sólo con mucha dificultad y raridad se hace, prácticamente nadie se ofrece para trabajar por el colectivo, para hacer la limpieza y organizar la comunidad marginal que se forma así de improviso. Heces se acumulan por el suelo, cadáveres esperan días para ser enterrados, camas se disputan con virulencia. El olor fétido de vivos y muertos se propaga por el aire, mientras que, como una penitenciaría super-concurrida, el hospicio es atascado de gente dispuesta a matar para sobrevivir.

Los sanos alejan a los afectados por la epidemia a patadas y empujones, cuando no la bala. Los niños surgen como huérfanos, arrancados a la familia o abandonados por padres egoístas, más interesados ​​en salvarse a sí mismos de la agonía ocular. El Ejército, convocado como deseaban los camioneros para mantener el orden, no vacila en abusar de la fuerza para protegerse de la amenaza de la ceguera.

Fuente: Veja

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